El hombre insecto
La historia que estoy a punto de
contarte es completamente real, te lo aseguro y lo sé porque me
sucedió a mí. Todo ocurrió durante las vacaciones de verano en mi
último año en la universidad. Por aquel entonces, mis amigos y yo
solíamos vernos después de las clases, me atrevo a decir que en ese
punto éramos inseparables. Y ese verano no fue la excepción.
—Pero qué calor, ¿y si vamos a la
heladería cerca de la estación? —dijo
Bianca, la guapa del grupo, mientras se
abalanzaba a los brazos de Marco, su novio en turno —después
de las vacaciones estaremos tan ocupados con los exámenes finales
que apenas tendremos tiempo de hacer algo.
—Es cierto, cuando nos graduemos
tal vez ni siquiera nos volveremos a ver —dijo
Edith, la más sería del grupo, la única que contaba con una
propuesta laboral real para comenzar justo después de la graduación.
—¡Claro que nos volveremos a ver!
—se
quejó Bianca —somos mejores
amigos, seguiremos viéndonos por muchos años más.
—Creo que Bianca tiene razón —dijo
Luis, mi novio de hacía casi tres años -deberíamos aprovechar para
hacer algo juntos antes de terminar la universidad, ¿por qué no
hacemos un viaje en grupo?
Por supuesto que la simple idea nos
emocionó a todos y el camino a la heladería se convirtió en una
tarde haciendo planes de viaje y buscando hospedaje a precios
accesibles para estudiantes, en cuanto al destino, no había mucho
que discutir, todos teníamos claro el lugar al que queríamos ir:
¡la playa!
Y casi sin darnos cuenta, llegaron
las vacaciones y con ellas, el viaje que marcaría nuestras vidas de
una manera que jamás imaginamos.
El camino
en autobús fue largo pero tranquilo y la pasamos mayormente
dormidos. Para cuando llegamos al hostal que habíamos alquilado
ya era de tarde. Aunque nos habría encanto rentar una habitación
por cada pareja, nuestro presupuesto limitado nos obligó a renunciar
a la privacidad y rentar un cuarto para seis personas en un pequeño
lugar que estaba más cerca del centro de la ciudad que de la costa,
aún así tenía una vista encantadora. Lo primero que hicimos fue
acomodarnos en las tres camas que se distribuían a lo largo de la
habitación, en la cama del medio que daba justo frente a la ventana,
estábamos Luis y yo, en la cama de la derecha, que daba a la puerta
del baño, Edith y Laura, que aunque no eran pareja, era una suerte
que ambas fueran chicas que no sintieran vergüenza de compartir la
cama, y en la cama que estaba más cerca de la puerta, Bianca y
Marco, que nada más llegar comenzaron a mostrarse demasiado
cariñosos ignorando nuestras suplicas de detenerse.
Después de acomodarnos, decidimos
que saldríamos a buscar algo para comer y luego caminaríamos hasta
la playa. La ciudad era muy linda con casitas de madera al estilo
Nueva Orleans, lo que le daba un toque misterioso y mágico al mismo
tiempo. Para cuando llegamos a la playa ya comenzaba a atardecer y
aprovechamos para hacer fotos en la orilla del mar cuando de pronto
algo llamó mi atención.
—Creo que hay alguien en el agua
—dije en tono serio.
—¿Dónde? —preguntó Bianca
preocupada.
—Allá —señaló Edith —cerca
de la boya, creo que es un hombre.
—¿Será alguien que no sabe nadar?
—dijo alguien más.
—Yo no veo nada, ¿están seguras?
—preguntó Marco.
En un momento, todos mirábamos con
atención a la misma dirección en el agua y ahí, justo detrás de
una boya, logramos ver asomándose la cabeza de un hombre que parecía
luchar por mantenerse a flote.
—¡Ahí está!
—¡Lo veo! ¡Parece que no puede
nadar!
—¡Que
alguien pida ayuda!
De inmediato, Edith se acercó al
salvavidas y con palabras entre cortadas le contó lo que habíamos
visto. De inmediato el muchacho se lanzó al mar, se subió a una
moto acuática y se acercó a la boya, pero al llegar no vio a nadie,
se ató el tobillo a la moto y se lanzó de nuevo al mar, pero
nuevamente no encontró a nadie, así que regresó a la orilla
molesto, creyendo que le habíamos jugado una broma. Tratamos en vano
de convencerlo, no podía ser que todos lo hubiéramos imaginado. Sin
embargo a pesar de nuestro esfuerzo solo recibimos una advertencia y
un sermón sobre no
hacer ese tipo de bromas.
Nos fuimos de la playa con un ánimo
extraño y aunque no quería, no podía dejar de pensar en ese
hombre, de verdad no podía ser una ilusión, estaba segura de que lo
había visto.
—No se habrá ahogado,¿verdad? Es
decir, el salvavidas lo habría visto, lo vimos aferrándose a la
boya, ¿no? —dijo Bianca más
para sí misma cuando dejábamos la playa atrás.
—Tal vez el tipo de la playa tenía
razón, tal vez creímos ver algo que no estaba ahí —dijo Marco.
—Estoy segura de que
lo vi —respondí en voz
baja.
—¿Ustedes también lo sienten?
—interrumpió Edith —me refiero a esa sensación de que alguien
los observa ¿la
han sentido? ¿también la
sienten ahora?
Nos miramos en silencio y en medio de
la oscuridad un chillido agudo rompió la quietud de la noche.
Recuerdo el repiqueteo golpeándome como un martillo, después de
unos segundos todo quedó otra vez en silencio.
—¿Qué demonios fue eso? —dijo
Luis, pero antes de que alguien pudiera responder,
nos sorprendió el mismo sonido pero esta vez más un
poco más cerca y aun hoy
estoy convencida de haber escuchado algo luchando contra las olas,
como si quisiera salir del agua.
No recuerdo quién fue el primero en
salir corriendo, pero todos lo seguimos sin mirar atrás, para cuando
nos detuvimos estábamos en el centro, cerca del hostal, nos miramos
sin saber qué decir hasta que alguien comenzó a reírse y fue la
mejor forma de romper la atmósfera extraña que se había formado.
De regreso al hostal, con la mayoría sin apetito decidimos ir
a dormir.
Esa noche, me metí a la cama
sintiéndome rara,
todavía con la impresión
de unos ojos mirándome pegada al cuerpo, me acerqué buscando los
brazos Luis entre las sábanas.
—Hace
calor —dijo
dándose la vuelta. Me quedé dormida mirando un punto fijo en su
espalda. Ya de madrugada, entre sueños, escuché
un ruido lejano,
era un sonido áspero y
rítmico, algo parecido a
“shrrr-shrr”.
—¿Oyeron
eso? —la
voz de Edith en la oscuridad terminó de despertarme.
—Se
escucha por la ventana —dijo Luis sentándose de golpe.
Ya
bien despierta, me incorporé en la cama, el sonido se hizo más
fuerte y puse atención a la ventana, entre la penumbra, alcancé a
distinguir un objeto afilado intentado abrir el pestillo desde afuera
y desde fuera, perfectamente enmarcada, se apreciaba la silueta de un
hombre. Ahogué un grito y me retajé sobre la cama.
—¿Pero
qué demonios? —susurró Laura —¿qué hacemos?
—Es
el hombre de la playa, estoy segura —susurró Edith, abrazada a su
compañera.
—Imposible —dijo
Marcos. Pero yo también lo sentía, de algún modo, el hombre que
intentaba abrir la ventana era la misma silueta que vimos flotando en
el mar aferrándose a la boya y aunque no puedo asegurar que todos
pensáramos lo mismo, la forma en la que nos miramos en
silencio fue casi una
confirmación.
—Llamaré
a la policía —dijo
Edith tomando el móvil —Bianca,
llama a recepción, diles que hay alguien inten…
Un
grito agudo y penetrante interrumpió las voces, era el
mismo
sonido extraño, algo como un “ik, ik, ik”, rápido y continuo.
Al día de hoy, si alguien me pregunta, me sigue siendo imposible
describirlo pero ese sonido sigue clavado en lo más profundo de mi
cerebro.
A
partir de ese momento mis recuerdos son una sucesión de eventos sin
cronología exacta, mas o menos recopilados de la siguiente manera:
Voces
a través del teléfono. La policía hablando por el altavoz desde
afuera. El hombre estrellando la cabeza contra el cristal de la
ventana desesperado por entrar. Gritos en la oscuridad. Alguien
encendiendo la luz. Y entonces lo vimos. Todos miramos petrificados
al hombre que no parecía un hombre en absoluto. Sus ojos; dos bolas
negras pegadas a los costados de la cabeza, escondidos detrás de una
mata de pelo negro. La boca; unas pinzas y ganchos que se abren y
cierran al tiempo que sus rugidos desesperados llenan el silencio.
Los cristales rompiéndose. En vez de brazos tiene unas patas llenas
de pequeñas espinas afiladas que se doblan en un ángulo extraño
mientras intenta entrar. Y entonces disparos. La cosa se retorció y
se dejó caer hacia atrás pero en vez de caer al suelo, extiendió lo
que parecían unas alas gigantes. Un zumbido fuerte me hizo doler lo oídos y la cosa alejándose dejando un rastro de manchas
negras.
El
único cuerdo para hablar con la policía fue Marcos. Les contó
todo, pero no había mucho que decir porque ellos también lo habían
visto. Una voz en la radio de la patrulla decía que seguirían el
rastro, pero a nadie le importaba si lo atrapaban, lo único que
queríamos era salir de ahí. Incapaz de volver a dormir, tomé mi
mochila y guardé las pocas cosas que había sacado.
—No
sé ustedes, pero no pienso quedarme un minuto más aquí —dije
mientras seguía empacando. De reojo pude ver como Laura y Bianca me
siguieron.
—Mierda
—dijo alguien más mientras empezaba a empacar.
El
camino de regreso fue silencioso y demasiado largo. Nos despedimos
prometiendo que hablaríamos después pero nunca fuimos capaces de
cumplir esa promesa. No volví a ver a nadie después de ese día, ni
siquiera a Luis, pero recuerdo haberle mandado un mensaje de texto
que no tuvo respuesta. Poco tiempo después también perdí el
contacto con Bianca, quién de vez en cuando me enviaba mensajes de
texto hasta que eventualmente también se detuvieron.
No
los culpo por haberse alejado y tampoco me siento culpable por hacer
lo mismo. Para mí ha sido difícil asimilar lo que pasó ese día y
para ser honestos ni siquiera yo lo entiendo. A veces me digo que
nada de eso sucedió realmente, que todo fue producto de mi
imaginación, que fue solo una pesadilla, pero el saber que ellos
estuvieron ahí y que vieron lo que yo vi lo hace real, es decir,
¿quién lo creería? Después de todo, solo un loco podría decir
que una noche de verano mientras visitaba la playa lo persiguió un
hombre insecto hasta llevarse su cordura.
* * *
Este relato es mi participación a la dinámica de Creadoras de Historias para el mes de Octubre, ya sé que llego tarde, pero más vale tarde nuca, dicen por ahí. Si quieres saber de qué va esto, dale click aquí.
Me tardé mucho en retomar mi escritura pero al final estoy muy contenta con el resultado.
Gracias por pasarte a leer. Hasta la próxima.